
Dan las doce y la animación y algazara llegan á su colmo. Todavía vibra en los aires la última campanada y grandes hogueras aparecen á la vez en cienpuntos distintos de la ciudad. Infinita variedad de combustible sirve de alimento á las candelas de San Juan. Desde la estera vieja y ya sin uso hasta la cesta de mimbres agujereada y maltrecha, y desde la silla ó butaca de anca desvencijada y rota hasta la leña de jara ú olivo, todo está allí hacinado en confuso montón, y todo es arrojado á las llamas á medida que la voracidad de éstas lo requiere. Turbas de chiquillos van y vienen, bullen y se agitan alrededor del fuego y lo avivan con atronadora gritería, mientras otros de más edad brincan por encima de él, poniendo especial cuidado en no chamuscarse las ropas, ni tocar con los pies carbones ó cenizas. En tanto que unos chicos atizan la hoguera y otros la saltan en todas direcciones, los preludios de la guitarra van reuniendo á los convidados, y antes de mucho la calle es pequeña para contenerlos á todos. Curioso ó interesane por demás es el espectáculo que ofrecen estas fiestas de media noche y al aire libre. Unas cuantas docenas de sillas (hay veces que pasan de ciento) están colocadas en circulo á la puerta de la casa de la familia que invita, y sentadas en ellas jóvenes á cual más lindas, vestidas de blanco por lo regular, llenas las cabezas de nardos y rosas y llevando en las manos las tradicionales castañuelas. Interpolados con ellas se ven gallardos mancebos y alguno que otro hombre ya maduro, todos galantes y decidores, y todos dispuestos á gozar y divertirse. Por último, uno cualquiera de los convidados, convertido en copero ó escanciador accidental, recorre los grupos de cuando en cuando y reparte á todos aguardiente y dulces. Detrás de las sillas, y formando como el marco de cuadro tan original, se destaca apiñada fila de curiosos, quo ora celebran la hermosura y donaire de las muchachas, ora se burlan de la torpeza de los galanes. La alegria es allí general. De repente el más completo silencio se hace en la reunión: es que la guitarra anuncia ser llegado el momento de que comience el cante. Principia éste. Una voz argentina y fresca hiende los aires y suspira y llora más bien que canta unas serranas ó unas jaberas. El encanto de aquellas coplas es indecible; todas rebosan tristeza y melancolía infinitas: son como el lamento de un pueblo que muere de nostalgia. El concurso, que ha estado pendiente de los labios de la cantadora, tan luego ésta termina rompe en aplausos, y los oleis y las palmadas se oyen por doquier. Con el cante alternan los bailes de palillos. Es de ver cómo cambia la fisonomía de la fiesta desde el punto y hora en que empiezan éstos. La música pierde su carácter sentimental y dulce para tomar el aire juguetón y alegre; la letra de las coplas se hace picaresca, de profundamente sentenciosa que era antes; y las mismas danzas, ligeras y graciosas, son tentadoras y provocativas en alto grado. Los bailes de palillos son para vistos, no para descritos. Figúrese el lector todas las pasiones de que es susceptible el corazón humano, traducidas en ademanes y gestos por una muchacha de bello rostro, negra y abundosa cabellera y esbelto talle, á los rojizos resplandores de una hoguera que presta al cuadro fantásticas tintas, y podrá formarse idea aproximada de lo que son esas danzas que tanto seducen y encantan á los andaluces.
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